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Cuando le preguntas a los padres y madres que qué quieren para sus hijos, te encuentras con muchas respuestas: que sean personas de bien, que sean buena gente, quiero que sean responsables, que aprueben, pero hay una respuesta que predomina sobre las demás. Una gran parte contesta que quieren que sus hijos sean felices.

Resulta curiosa esta respuesta, cuando la felicidad no es un concepto fácilmente definible y que es muy particular de cada uno, aunque eso hay mucha gente que no sabe.

Aunque no no soy muy partidaria de hacer clasificaciones, hoy me voy a permitir hacerlas. Durante los últimos años, en que he trabajado con adultos y también con muchos adolescentes me atrevería, muy a grosso modo a definir a dos tipos de progenitores con tres futuros distintos.

Los primeros son los “quiero que seas como yo pienso”. En ese caso tienen claro lo que quieren que sean sus hijos de mayores, cómo tiene que ser la vida que lleven. Quizás quieren que sean quizás abogados, como ellos, o médicos porque ellos no pudieron serlo, o funcionarios porque piensan que es la mejor forma de vida.

Ahí pueden pasar dos cosas. La primera es que su hijo acepte esa forma de vida y la adopte como propia. Quizás esa persona quería ser actriz o fotógrafo o psicólogo, pero por complacer a sus padres acepta el futuro definido por sus padres. A partir de ese momento cada paso es costoso, puesto que no es un destino elegido y no sigue una llamada propia. Entonces no hay un fuerza intrínseca, una motivación interna que les lleve hasta ese futuro no elegido por lo que es difícil aprobar, conseguir un trabajo y moverse en un entorno no escogido. La vida se convierte en algo difícil. Cuando se convierten en adultos adoptan frases como “la vida no es fácil”, “hay que resignarse”, “no siempre se puede elegir”.

Estas personas se sientan un día delante de mí, o de otro profesional como yo, o quizás conversan con un amigo y les cuentan lo difícil que es su vida, lo tristes que son los lunes, que no les gusta ir a trabajar. En algún momento de la conversación, si es que tienen la suerte de acordarse te dicen que, con los ojos tristes: “yo quería ser ….pero ….”. Actriz pero no tenía futuro, periodista pero no me atreví, estudiar bellas artes pero no tenía salida laboral. Cuando trabajo con adolescentes y veo que los progenitores no aprueban los futuros elegidos de sus hijos, me imagino esa mirada en el futuro. Si ellos lo hubieran visto tantas veces como yo, probablemente no actuarían así. Pero no lo han visto.

Luego están los otros hijos. Los que deciden no hacer caso a sus padres. Estos también pisan los despachos de los profesionales, incluso más que los anteriores porque llevan un dolor muy profundo en su corazón. Los hijos que decidieron ser lo que querían a pesar de lo que pensaran sus padres. Pero los hijos, tengamos la edad que tengamos siempre necesitamos la aprobación de nuestros pobres. Está intrínseco en la naturaleza humana, no hay ninguna persona en el mundo que no desee que sus padres estén orgullosos de él. Y estas personas son lo que quieren, pero no han sido aceptados por sus padres. Se han dedicado a lo que han querido, se han casado con quienes han decidido y viven donde les place, pero les duele especialmente que sus padres no lo acepten. Estos tampoco son felices. Y si sus padres fuesen capaces de entender el dolor que causa su actitud, tampoco lo harían.

19270020 – happy couple with kids at the beach

Y  luego están los terceros, los que más se acercan a ser padres de personas felices. Son los “acepto que seas lo que tú seas a pesar de lo que yo piense”. Los hijos de estos pueden equivocarse, tienen el permiso para hacerlo, pueden cambiar de opinión pero sobre todo pueden ser quienes quieren ser. Eligen su futuro y sus padres lo aceptan, y pisan los despachos de profesionales, si es que los pisan, para seguir creciendo, o para solucionar otros temas, distintos, porque estos, tienen un problema en la vida menos que resolver. Probablemente su camino no sea en línea recta, ¿pero cuál lo es?. Tampoco será una vida fácil, pero tienen la gran ventaja de que “sarna con gusto no pica”.

¿Y tú qué quieres que sean tus hijos de mayores?

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